Bebe tanto que queda a merced de sus amigos, quienes aprovechan y se la tiran a gusto. Universitarias borrachas; chicas que beben más de la cuenta y se ponen locas; chicas perdiendo la cabeza en despedidas de solteras: se quitan el sotén y se meten la bebida por el escote.
Lo admito. Soy de las borrachas que cuando beben les da por lo sexy y al día siguiente no se acuerdan de nada. No me extraña que sea un género porno en sí mismo (la red está llena de fotos de supuestas borrachas, que se ofrecen siempre gratis, la mayoría de las veces son borrachas falsas claro, como todo en Internet) y que en su oferta más extrema ofrezca también vídeos de drogadas, abusadas y ¡violadas! Éste último, que incluye la advertencia de FAKE, merecería una columna aparte.
Pero volvamos al alcoholismo, que es lo mío. ¿Por qué nos gusta emborrachanos, por qué nos encanta fingirnos borrachas y, sobre todo, por qué a los hombres les gustan las borrachas? Yo tengo algunas teorías. Nos gusta emborracharnos porque odiamos a la raza humana y nos pasamos la mayor parte del tiempo simulando que nos interesa, que la entendemos, que la respetamos, que trabajamos para ella. Así que cuando llega el fin de semana, y cada vez más el jueves, el miércoles y por qué no, el lunes, ahogamos ese odio profundo en un vaso aún más profundo que por momentos se parece al amor. Esa es la famosa verdad del borracho.
Pasemos a la mentira. Nos encanta fingirnos borrachas porque a veces es la mejor manera de conseguir las cosas que no conseguiríamos estando sobrias o estando de verdad borrachas. Es de ladies, sí, es de reprimidas, sí, es de gente con poca personalidad, sí; pero funciona. Y es también de personas astutas.
Soy una asidua consumidora de porno con borrachas, pero no precisamente del momento payasa ninfómana, es decir, cuando en medio de la catarsis se nos aparecen los diablos azules con penes gigantes. Yo soy fan del momento pérdida de la conciencia e indefensión total. Hablo de mujeres dormidas, que ya no sienten nada, un coqueteo con otro interesante subgénero: la necrofilia.
Obviamente, lo que me pone es verlo. En pelis. No me gusta la idea de morir sólo para que mi pareja se excite. Cuando decido escenificar en el sexo la fantasía de la borracha noqueada, es porque me finjo noqueada. Sólo faltaría. Y Dios sabe lo placentero que es dejarse hacer sin mover un dedo para las que somos un poco vaguitas en la cama y en la vida en general. Sé que ésa es una declaración peligrosa por eso en la calle negaré de la manera más cínica haber dicho que no chambeo en la cama. Además, tras fingirme muerta, si el necrófilo ha hecho bien su trabajo, debidamente orientado antes del juego, revivo como el ave fénix y no hay quién me pare.
A los hombres, a muchos hombres (a los que se definen como “sensibles” no, desde luego, pero esos no nos importan) les gusta una borracha, porque se deja. Bueno, no, a ver, intentemos formular algo más complejo, que para eso no bebo en la oficina. ¿A los hombres les gustan las borrachas porque una mujer borracha simboliza la transgresión de muchos de los valores supuestamente femeninos de nuestra sociedad, como son la discreción, el recato, la delicadeza, pero contrariamente a las putas o a las fáciles, crean la fantasía de la virtuosa corrompida? ¡Bah! No, les gustan porque se dejan, y punto. Es verdad que ciertos hombres sienten que nunca podrán tirar gratis con una poco ebria. Es de perdedores, sí; es de feos, sí; es de gente con poca personalidad, sí. Pero funciona. Y es también de personas astutas. Es el trabajo fácil.
Las turcas, al menos yo, somos puro fuego incandescente. La borracha cree que todos son de su condición y que están intentado flirtear con ella; está segura no sólo de que es ingeniosísima y magnética, también piensa que enamora, que conquista. La borracha va al espejo del baño y se ve matadora. Incluso vomita y se vuelve a mirar y se sigue viendo matadora. Sudada, bizca, abandonada a su propio frenesí, la borracha es a sus ojos la mujer 10, y pobre del que lo ponga en duda.
En completo estado de ebriedad y enajenación, a la beoda cualquier chabacano atroz le parece un portento masculino, y puede darse el caso de que confunda un mero intento de violación con un intento de seducción. Eso, para suerte del violador. Siempre al límite, porque es su estilo, la que está en pedo un día despertará y lo denunciará, porque una cosa es una borrachera y otra una invitación al crimen; y un fake es un fake y otra muy distinta es la realidad.
Ahora bien, si no te has caído de espaldas, la calidad del sexo durante una noche de copas de más es un tema polémico. Al principio sí que se parece mucho al sexo. Parece que disfrutas. Hasta que de buenas a primeras, resulta que Shakespeare, el aguafiestas de siempre, tenía razón con aquello de que el alcohol provoca el deseo pero nos quita su realización.
Y sin entrar en demasiados detalles, que éste es un blog con su sentido del humor, aunque a veces no lo parezca, nos damos de bruces con un huevo de disfunciones sexuales. Y no es por herir a nadie, pero son ellos, los que solían ser los más entusiastas, los más lornas. Así de sexys son los varones borrachos, por eso no hay demasiados videos o fotos porno de estos especímenes, salvo los que encuentras en YouTube para cagarte de risa con los amigos.
Últimamente, soy cada vez más consiente de que no son las juergas la panacea del sexo, sino las resacas. Algunos dirán que no -ejem, me voy a instalar, ahora sí de lleno (ya basta de ambigüedad), en la perspectiva femenina-, y a esos en especial les pido que valoren las brutales ganas de intimidad real que nos quedan de reserva después de haber sido parte de una ruidosa noche de copas, charlas vacías y sexo fallido. Si buscas de verdad una mujer fácil, caliente, que se deje y que no te dé trabajo, busca una resacosa. No te arrepentirás




