El actor porno que posa aquí a mi lado, amablemente, dice (¿los actores porno hablaban?) que Berlusconi tiene mucho pero mucho mucho más sexo que él y que eso hace que los italianos estén orgullosos de su primer ministro. Con perspicaz sentido del humor, Rocco Siffredi alaba las dotes del soberano en el preciso momento en que la Iglesia italiana (el burro hablando de orejas), ha pedido a Berlusconi disciplina, que se mida, que ya está bueno de encamarse a todas las lolitas, que deje algo para el resto. ¡Además les paga! ¡Qué horror! Con lo fácil que es violarlas. Berlusconi, por su parte, viene diciendo lo mismo hace tiempo: que él es mucho, mucho, pero mucho más alto que Napoleón.
Pocos países pueden sentir esa especie de orgullo nacional por tener un presidente con un gran desempeño sexual, al punto de que un alto porcentaje de ciudadanos lo respalde y las estrellas del porno se muestren envidiosas. Me pongo a recordar y lo primero que se me aparece es el esperma de Bill Clinton. Claro que en Estados Unidos cualquier cosa es condenable, hasta un pezón. En América Latina, en cambio, los escándalos presidenciales tienen menos que ver con carne y sexo, que con huesos y exhumaciones; y en particular en el Perú, ocurre que nos enteramos de que nuestro gobernante además de haber desaparecido a unos cuantos tiene vida sexual no por wikiLeaks de orgías salvajes o bunga-bungas por el estilo, tampoco cuando aparece una hermosa velina, sino cuando entra en escena algún hijo no reconocido de 14 años con la misma cara que, digamos, Alan García, y entonces, pfff, todo es demasiado intelectual, no llega ni a farándula y menos a crimen.
Por lógica, los hombres desembarcan en la política o consiguen todo el poder que siempre soñaron alcanzar cuando empieza a declinar su potencia en la cama. De hecho, antes de la existencia del Viagra, las dictaduras eran más explícitas, triple x o hardcores. Cero sensualidad. Por estos días hay tanto sexo que hasta por momentos parecen democracias.
Ahora bien, la realidad y la literatura están llenas de dictadores en la soledad del poder que tienen algún problema con su penecito. Por ejemplo, en La Fiesta del Chivo, Vargas Llosa hace un magistral retrato del dominicano Rafael Leonidas Trujillo, un Berlusconi caribeño (esto es, no precisaba de cremas autobronceadoras ni solariums), tirano sexualmente insaciable que, al ritmo de su descomposición física, necesitó paliar su decrepitud con sangre cada vez más joven suministrada por sus allegados que no dudaban en entregarle a sus propias hijas en busca de sus favores, como los padres de Ruby, la menor marroquí, y otras chicas que asistían a las fiestas del Cavaliere.
El porno con lolitas es uno de los más buscados en Internet. Hay que esperar que tengan 18 años para grabarlas, pero una vez que los cumplen se trata de maquillarlas y vestirlas como si tuvieran 12. Esto es porno y está en nuestras narices, hipócrita lector.
Rocco Siffredi ha sido el Nerón del porno durante muchos años, actor, productor y director, sabe que la espera por la mayoría de edad en este negocio puede ser desesperante, sabe lo que es pagar a jovencitas de países pobres por una escena de sexo, entiende a su manera pero demasiado bien a su primer ministro. Mírenlo aquí con sus niñas vírgenes. ¿No son tan para cual?
Pero la verdadera pregunta de hoy es: ¿Tengo que alejarme de Viaje al fin de la noche porque su autor, Céline, fue un antisemita rabioso? ¿Debo dejar de ver las pelis de Rocco Siffredi y hacerme fotos de fan enamorada porque él y Berlusconi mantengan un diálogo fluido acerca de su común priapismo? Claro que no.
Además, Rocco no va desencaminado: Italia se ha convertido en un país xxx, una peli porno dirigida por un abuelo y su pastilla azul.

